Las margaritas siempre me han llamado la atención. Son alegres y humildes, generosas y sufridas. La mayor parte de la gente tiende a ignorarlas. Aunque las traten mal siguen multiplicándose.
Para mí, siempre han sido un alivio en momentos en los cuales la mente se nubla y no veo con claridad. Cuando la mente está tan llena que parece que va a explotar. En tiempos duros de la vida y más. Para salir de estados oscuros o negativos solo tengo que ver una margarita, poner la atención en lo que me quiere transmitir y como por magia, todo lo que sentía se evapora. Veo en ella una sonrisa sin límites. Como si no fuera capaz de transmitir enfado, frustración o cualquier otra emoción negativa que yo pueda reflejarle. Solo sonrisas, amor y humildad que se dejan sentir con alegría y mucha paz.
Recuerdo una ocasión hace muchos años, un joven me llamó desde un hospital donde se encontraba su madre muy enferma. Me pidió ayuda. Yo podía sentir que no iba a escuchar nada de lo que yo dijera. Estaba muy perdido. Después de escucharle y dejar que ventilara todos los sentimientos que le estaban destrozando, le dije de salir al jardín del Hospital y que buscara una margarita entre las muchas que habría. Cuando la atención le llevara a una especifica, de sentarse y mirarla sin pensar en nada. Solo mirar la margarita con el corazón abierto a lo que la margarita pudiera transmitir.
El joven se sorprendió de lo que le pedía.
Me dijo: “¡yo te cuento mi tragedia y tú me dices de ir a buscar una margarita!”.
En aquel momento, no entendió lo que podía pasar si lo hiciera. Hablamos un poco más y se serenó. Ya más tranquilo, dijo que lo haría. Días más tarde me llamó para decirme que la margarita que había escogido le daba paz.
La humildad es una cura mágica, pero tiene que ser aquella que sale del alma, no con la que se pretende ser humilde sin serlo de verdad.
Yo soy la fuerza de la vida y tú también.
